lunes, febrero 02, 2004

Mr. Beans de sentimientos

Seguramente muchos de los que leéis estas líneas recordaréis la escena de la película de Mr. Bean en que éste se encuentra en un aeropuerto y simula estar escondiendo un arma. Con apenas algunos gestos sospechosos consigue que la seguridad lo persiga y le haga dejar el arma (que era sólo su mano) en el suelo. Es un ejemplo de que no hace falta tener algo real (una pistola en este caso) para convencer a los demás de que lo tenemos si aprovechamos su imaginación o su buena fe. Otro ejemplo muy usual, y explotado también por los humoristas, es el trabajador que, cansado, aburrido o poco motivado, sólo espera que acabe su jornada laboral para irse a casa, pero como debe permanecer en su puesto hasta la hora estipulada, mira con falsa concentración unos papeles o la pantalla de su ordenador al tiempo que hace gestos de pensar profundamente. Si lo acompaña con algún pequeño gesto triunfal de vez en cuando se consigue un efecto aún más logrado al dar la sensación de que además obtiene progresos en la solución de sus problemas.

Ciertamente, todos hemos jugado alguna vez el juego de las apariencias y, por ejemplo, algún mal día ¿quién no ha distraído disimuladamente treinta minutos su atención con cosas ajenas a la tarea que se supone que debía estar realizando? Son situaciones normales y que no suponen problema de ningún tipo si son la excepción y no la regla. Además, en este caso, también está el límite de tiempo que el cerebro puede mantener la atención de forma continuada en una única tarea, el cual no es eterno, pues se necesita algún momento de descanso aunque sea muy pequeño de vez en cuando.

Pero, al igual que en ciertas ocasiones es incluso aceptable, o al menos comprensible, sustituir la verdad por apariencias, hay otras en que, a mi juicio, es muy reprochable. No es lo mismo que un funcionario que tenga un puesto innecesario pase el día dando la apariencia de que trabaja (en cierto modo esa apariencia es su trabajo, ¿no? jeje) a que un controlador aéreo se ponga a mirar la pared mientras chocan puntitos en su pantalla. Los efectos y los daños son muy distintos entre unos casos y otros.

Pues bien, entre las manifestaciones de falsas apariencias que más me molestan, duelen o entristecen están las que prodigan los que he llamado "Mr. Beans de sentimientos", gente que constantemente da la apariencia de sentir, querer, apreciar, mostrar interés, etc. sin que realmente sus actos los mueva ningún sentimiento real. Son personas que han aprendido a manipular sutilmente a los demás y a construirse una imagen que poco tiene que ver con la realidad. De hecho, normalmente no les mueve mucho más que un interés egoísta en lograr beneficios/favores/aprecio a cambio de sus palabras y "abrazos" de humo. Y es cierto que esta falsedad muchas veces se termina manifestando claramente a casi todos los observadores, pero también en muchas otras ocasiones, quizás por ser más inteligentes o mejores observadores e imitadores de la realidad, consiguen mantener constantemente engañadas a las víctimas de su encanto artificial. Casi todo intento de desenmascarar a estos actores avanzados, incluso con evidencias bastante tangibles, resulta frecuentemente inútil, pues lo más probable es que logren esquivarlo a la vez que nos echan tierra encima con la facilidad, las mentiras y la tranquilidad de conciencia que da una mente fría con la que alguien más honesto poco puede competir, con lo que lo mejor es dejar que se delaten por sí mismos ante quien sepa ver detrás de la máscara.

Si no habíais percibido/sufrido casos como el que describo, espero que mis palabras sirvan para haceros pensar un poco, aunque no pretendo ni me gustaría provocar en nadie la tendencia a desconfiar. Creo, de hecho, que es mejor ser un poco confiado y esperar buena fe y buena gente pues la experiencia es más rica cuando no se ponen puertas a las posibilidades demasiado pronto. Pero al igual que el niño al que jugamos a esconderle una pelotita imaginaria detrás de la espalda (tras dejar la real detrás de un cojín), tenemos que aprender también que a veces la pelota no está en la mano y debemos buscar la verdad detrás del cojín...

domingo, enero 25, 2004

Una caja de ideas

Guardo un tesoro escondido en una caja de hierro: son ideas que he tenido y no he llegado a escribir. Algunas yacen en ella por haber sido un inepto y no saberlas decir; otras, en cambio, me duelen si intento hacerlas salir, porque a veces pide mi alma caricias que no recibe para luego producir. Hay días que las palabras, fluyen por inercia, solas, y hasta el papel, línea a línea, lentamente, lo devoran. Esos días va mi pluma corriendo sin descansar, y da vida a las palabras, y las enseña a contar el guión de alguna historia que se recrea al leerla en un soporte mental. Pero, otros días, la pluma, se hace en mi mano pesada, y ante un torrente de ideas, que no es capaz de abarcar, tan solo consigue fuerzas para dejarlas escritas en mi caja de metal.

Hay versos de todo tipo, poemas sin acabar. Hay críticas inspiradas en hechos de sociedad y cuadros que mi mirada forma con la realidad. Hay historias fantasiosas y recuerdos del pasado, y algún niño ensimismado contemplando a un hada azul. Hay textos de todo tipo dedicados al amor, unos poquitos, reales y el resto son desahogos para mi imaginación. Y luego, en cada rincón, hay pensamientos sensibles y cargados de emoción, y brillos difuminados que ya ni sé bien qué son.

También es cierto que, a veces, tengo ideas que no escribo ni en mi caja de metal, historias que lleva el viento a donde el olvido está. Pero pienso que hay ideas que se hacen independientes al instante de nacer, y viajan junto a nosotros esperando otro momento en que puedan regresar. E incluso hay veces que siento que alguna desde mi caja toma un segundo el control y deja en otras historias matices del contenido que aún ella no expresó.

Como dice Carlos Chaouen en una hermosa canción: "Hay estrofas que a veces no escribo y en ellas queda lo mejor".

lunes, enero 12, 2004

De compras-Turismo de rostros y gestos

Hoy hemos ido de compras al centro comercial, que ya es época de rebajas. Mi madre buscaba ropa de la que "me hacía falta" y yo no siempre miraba, y ella se me enfadaba, y yo luego bostezaba, y "ya empiezas" -me decía- con palabras y miradas. Pero yo, en mi escaso interés por casi toda la materia estática e inanimada, no puedo evitar aburrirme sobremanera con la ropa, y todos esos percheros llenos de camisas, pantalones, abrigos, chaquetas, trajes,... en simétricas hileras o en percheros circulares dispuestos más al azar, llenos de confortables colores donde descansar la mirada, dan tanto sueño... ZzZzZzz, uys, perdón, sólo ha sido una cabezadita O:-).

Luego está el tema de la moda: si por mí fuera seguramente me compraría toda la ropa parecida, ignorando cualquier novedosa tendencia y buena parte de las consideraciones estéticas. Suelo decir enseguida que no cuando me proponen que me compre algo más "moderno" o "distinto", y aún más si para ir a la moda hay que estar incómodo, eso no va conmigo :). Aunque, en realidad, mucho de lo que digo que no, es debatible, y supongo que podría usarlo y no me importaría y hasta me quedaría bien B:-), e igual debería prestarle más atención a esos aspectos si quiero atraer alguna mirada femenina... pero claro, irse a esas cosas más nuevas, desconocidas y poco probadas, suele requerir mayor tiempo en indecisiones, valoraciones, comparaciones... uff jeje. De todas formas, para todas las que podáis leer esto y ya estéis pensando que soy un desaliñado y poco arreglado, y que uso calzoncillos abanderado... os diré que pese a lo que digo, en los últimos tiempos presto más atención a estos temas que antes, e incluso hay minutos enteros mientras estoy de compras en que no bostezo y hasta alguna vez me fijo en algo sin que me lo pongan delante, jeje ;). Aunque, bueno, en lo de los calzoncillos habéis acertado... xD, ¡pero todo puede cambiar! :).

Como me aburre la ropa, pues lo que suelo hacer mientras "compro" es ponerme a pensar en otras cosas pendientes. Hoy, por ejemplo, pensaba en ciertas conversaciones de los últimos días, una discusión/ruptura :(, alguien que quiero conocer mejor... :). Vamos, que pensaba, principalmente, en gente, y es que ese sí que es un tema que consigue despertar mi interés con mucha frecuencia, y llama mi atención casi cualquier interacción entre personas, gesto o rostro.

Por eso, al comprar, suele captar con más frecuencia mi atención la gente que me rodea en la tienda que la ropa en sí, y hago un poco de turista de rostros y gestos, pues me interesa casi siempre más la gente que el entorno en que se encuentra y me cautivan hasta los sucesos de lo más trivial y común... Esa dependienta en la primera tienda que escudriña con sus ojos en busca de ropa desdoblada que recolocar, un poco más allá un chico en la caja introduciendo algunos datos en el ordenador mientras habla con otro sobre si se había llevado ya una camisa que le habían guardado días antes. Esa otra dependienta que por centímetros no se choca al acelerar el paso para esquivar a una mujer que anda despistada entre percheros:

-Mamá, ten cuidado, que casi chocas con la dependienta.
-¿Yo?, ella que iba corriendo como una loca...

Es que mi mamá, al contrario que yo, sí que presta más atención al contenido de los percheros que a la gente (y espero que no lea nunca mi blog... xD). Entramos a otra tienda, sólo de ropa femenina, y en ésta, que además no tengo ropa que mirar para mí, me cautiva una de las dependientas tras el mostrador, con un rostro y unos ojos dignos de ser modelo pero algo llorosos, que habla con una clienta sobre fechas de cambios, y al poco estornuda y se suena con un pañuelo, desvelando la causa de sus ojos humedecidos... Nueva tienda, otra vez miramos cosas para mí, y el chico de la primera tienda de la camisa reservada vuelve a estar allí y mira unos pantalones en unos percheros cercanos. En la siguiente tienda, una mujer y su madre pasan junto a nosotros, mientras la mujer le dice: "Mamá, tranquilízate...", visiblemente exasperada, pero la madre no parece que le vaya a hacer mucho caso... y acumula un poco de resentimiento en alguno de sus costosamente ganados 200 kilos que le deben hacer difícil encontrar algo que le sirva entre tanta ropa para delgados...

Luego, dentro del supermercado del centro comercial, y para no extenderme mucho más, sólo resalto dos cosas: la primera, una señora que nos vio ojeando los mismos abrigos que ella iba a llevar a su hijo, que tenía 14 años, y que le venía mejor ese, porque aunque era joven y el abrigo era más de hombre, seguro que como es muy alto no le quedaba mal, y era barato, pues eran sólo 9€ como en el perchero de al lado y los de los otros eran más caros, y además mira como abriga... pues eso, una señora que al vernos mirando lo mismo que ella, nos sintió cercanos y nos dio un poco de conversación, muy animada y con mucha buena intención, y seguro que tras hablarnos se fue más convencida de lo acertado de su decisión :). Y la otra cosa, pues otra vez el chico de la primera tienda, sí, ése que hablaba con el dependiente sobre la camisa reservada días antes... tirando de un palé de mercancía, pues se ve que trabajaba allí, y supongo que me reconoció de los dos anteriores encuentros, y me brindó una sonrisa de esas que no me brindan mucho las chicas... jeje, y que si yo tuviera otros gustos no sé qué podía haber pasado... >:-D. El balance: un cómodo y buen abrigo para atajar el frío cuando vaya a la península, unos pantalones, el maletero del coche lleno de comida y un interesante día de turismo de rostros y gestos...

viernes, enero 09, 2004

Colecciono instantes

Sorteo mentiras y apariencias, sentimientos fingidos, cariño irreal, afecto mal entendido. Rodeo los baches de lo puramente virtual, en que la realidad se aleja, y nada importa, y todo vale, pues es lícito dañar cuando no se siente. Intento evitar la lluvia de las nubes que el odio forma en quienes no siempre espero. Me alejo de los corazones en que el sentimiento es sólo un papel forzado en la hipócrita escena de una novela sobre la apariencia de ser humanos. Huyo de la sensibilidad ermitaña que no percibe más allá de la persona en que vive. Desprecio el dolor del susceptible, que arrolla con lanzas de fuego y llora al sentir una diminuta astilla. Miro extrañado las quejas del ego absurdo que se siente triste y herido por no haber conseguido alcanzar su último anhelo, su última deseada conquista, el último capricho de una mente consentida y regalada con un éxito excesivo del que menos merece cuanto más consigue. Sin embargo, no los odio, y casi nunca me enfadan siquiera, y hasta disfruto muchas veces de su compañía y de algunas de sus cualidades (todos tenemos algunas y algunos defectos), pero sí que hay veces en que me entristecen...

Por eso busco: en las palabras casuales, en las conversaciones, bajo las piedras menos exploradas o a priori menos recomendables, entre el dolor y el llanto, entre la risa, el humor y los besos, entre palabras y versos, entre cuentos e historias, entre diarios y notas, y mensajes sueltos, y comienzos malos y otros mejores, y miradas tristes, o alegres, o dulces, y rubores y sorpresas, y pensamientos y acciones... Busco a la gente mágica, busco corazones, busco sentimientos, busco inteligencia, busco comprensión, busco lo especial que aún existe.

Y comparto momentos e historias, y comparto vida, y sentimientos, y besos y cariño, y abrazos, y compañía, y aficiones, y música, y colecciono instantes...

sábado, diciembre 27, 2003

La importancia de decir lo bueno

¿Os habéis parado a pensar la cantidad de gente que está triste o algo deprimida? Es cierto que la felicidad es un concepto relativo, y que hay quien no se siente feliz más por no saber apreciar lo que tiene que por carecer de algo importante. Pero, por mi experiencia, creo que hay muchísima gente que se encuentra entre un poquito triste y deprimida porque se siente sola y falta de cariño y de alguien que se interese por ellos y les haga compañía.

Seguro que muchos de los que leéis estas líneas habéis sentido en alguna ocasión esa sensación de soledad y de no tener a nadie a quien acudir y tampoco hay nadie que os llame o se acuerde de vosotros en ese momento. Y quizás, como me ha pasado a mí, alguien, esperado o inesperado, tiene algún detalle: una llamada, un correo, una buena conversación, un abrazo... y esa tristeza que comenzaba a fraguarse cae rendida a esa muestra de afecto o de interés y desaparece (por un tiempo al menos) y es sustituida por un retorno de energía positiva que nos anima a ser generosos y a compartir ese afecto y esa sensación de que no estamos solos en el mundo con aquéllos a quienes queremos o apreciamos de alguna manera :). Y si esas otras personas, al igual que nosotros, se encontraban un poco tristes, quizás también encuentren en nuestra compañía la fuerza para no dejarse arrastrar hacia el centro del bache, y en su salto para salir de él arrastren a su vez a cada vez más gente hacia ese anhelado estado en donde nos sentimos felices :).

Mi experiencia me dice que en realidad no necesitamos mucho para sentirnos alegres, pero de lo que nos hace sentirnos bien, necesitamos al menos un poquito casi cada día. Cuando alguien ya está muy triste o deprimido, entonces sí que puede necesitar bastante más ayuda para salir del bache, y quizás en ese momento, es cuando recibe ese apoyo que necesita con más facilidad. Pero esas ayudas, aunque necesarias, no creo que sean las mejores, pues requieren mucho esfuerzo y sólo ayudan a superar ese bache concreto y si la situación que lo originó no cambia, volverá a repetirse la caída más pronto o más tarde. Caer en esos estados es, además, dañino de por sí: el proceso de entristecerse o deprimirse es algo que también se aprende y se realiza mejor cuanto más se practica y más ideas falsas creadas en previas tristezas están ya disponibles para acelerar el proceso.

Es por ello que pienso que lo realmente beneficioso sería actuar mucho antes de que la tristeza haya crecido y peligre la depresión. A más tardar cuando la tristeza sea apenas una sensación leve e indefinida... :). Y, ¿cómo lograr eso?, pues mi idea es la que da título a esta entrada: "La importancia de decir lo bueno". Si las pequeñas cosas son las que nos ayudan a permanecer alegres, démoselas a los demás :). Si apreciáis a alguien, decídselo, decidle también si os gusta algo que ha hecho o algo que piense u opine, que aunque os parezca poca cosa lo que podáis decir, seguro que será muy apreciado. No dudéis en saludar o charlar con aquellos que consideréis vuestros amigos. No dudéis en transmitir cariño a los que apreciáis, porque cada pequeña cosa contribuye a que haya menos gente triste por sentirse sola, y lo que se siente pero no se expresa de alguna forma, no siempre llega ni se sabe. Podéis aprender, por ejemplo, de Danae, que en su blog se dirige muchas veces a la gente a la que aprecia para expresar sus sentimientos y dejarlos a la vista no sólo de los destinatarios, sino de cualquier otro que pase por su blog :). Ser capaz de hacer eso, a mí, al menos, me impresiona :), pero sin llegar a hacerlo público, también hay tanto que se puede hacer... :)

sábado, diciembre 13, 2003

Curiosidad, alternativas e imaginación

Hace unos días me leí el cuento El Principito de Antoine de Saint Exúpery en un link que mi amiga Isa puso en su blog hace unas semanas. Es un cuento para mí maravilloso en el que un hombre adulto, que narra la historia, se relaciona con un niño (El Principito) venido de un planeta diminuto en algún otro lugar del Universo. En él se critica el cambio de ideas, valores, pérdida de imaginación, etc. cuando las personas se hacen adultas, y el hecho de que dan importancia a cosas que realmente no son tan importantes y dejan de lado aspectos mucho más humanos. Pero no es mi intención detallar aquí el contenido del cuento. Si sois curiosos, seguro que o bien ya lo habréis leído en el link que os doy, o teníais pensado hacerlo más adelante :).

Isa decía en su blog que en el dibujo con que comienza el cuento, ella veía con facilidad el elefante dentro de la serpiente, pero no le resultaba tan sencillo ver el sombrero, que además es, según el cuento, lo único que las personas mayores (adultas) ven en el dibujo. Y resulta un poco frustrante no haber visto lo que todos parece que deben ver al mirar por primera vez el dibujo. Éste es un tema que a mí me apasiona desde hace mucho. Aunque no sabría decir cuándo fue la primera vez que me di cuenta de que muchas veces caminos distintos conducen a una buena solución, sí que recuerdo el momento a partir del cual empecé a pensar más profundamente en ello. Fue en mi segundo o tercer año de instituto, supongo que varios meses después de que descubriera allí el ajedrez y empezara a interesarme en practicarlo. Por aquél entonces, como muchos aficionados recordaréis, vendían una revista llamada Especial OchoxOcho, hermana pequeña (y creo que posteriormente desaparecida) de la revista OchoxOcho, que por suerte costaba solamente 200 pesetas. Se caracterizaba principalmente por contener muchos problemas del tipo "Blancas/Negras juegan y ganan" y de "Mate en n movimientos", agrupados en 5 niveles según su dificultad. Ese día resolví un problema de mate en 4, pero al comprobar si mi solución era la correcta y no se me había escapado nada, me encontré con que ellos daban una única solución que era distinta a la mía. Me sorprendió que no apareciera la mía y me dije que seguro que había algún fallo en mis cálculos que hacía que no fuera válida, así que lo revisé con cuidado, pero no, ambas eran válidas. Y entonces, tal y como Isa con el sombrero, me sentí molesto por no haber visto su solución y porque incluso habiendo visto cómo era me costaba un poco volver a encontrarla. Pero claro, ellos tampoco habían visto la mía, o al menos no la habían considerado en la hoja de soluciones, lo cual me hacía pensar que en su caso era mi solución la que les había pasado desapercibida al tener ya la suya propia. Por tanto, esa "ceguera" no debía ser sólo un problema exclusivamente mío. Pero yo quería ver las 2!, o las 3, o las que hubiera, y no sólo en ajedrez, claro está, sino en general, y consciente o inconscientemente me puse como objetivo tratar de ver siempre que fuera posible cuantos más caminos mejor.

Mis pensamientos en este terreno en los años siguientes creo que fueron los que consiguieron que, ya en la Universidad, al descubrir el libro El pensamiento lateral de Edward de Bono, me sintiera gratamente sorprendido al ver que se planteaba las mismas cosas que yo y que en buena parte coincidía conmigo en sus conclusiones, profundizando más, en su caso, en posibles técnicas para escapar de los caminos principales que tiende a seguir nuestra mente. Es una lectura muy interesante si compartís mi interés por el tema, aunque más que ese libro yo os recomendaría otro más elaborado que escribió posteriormente y que se titula El pensamiento creativo y que podéis encontrar por ejemplo entre los libros de la editorial Paidós (colección Paidós Plural). Si lo encontráis en otra editorial más barato no os olvidéis de decírmelo ;).

Todo esto también se relaciona en buena medida con mi entrada Generalizaciones, pues pienso que esta forma de pensar y la preocupación por estos temas, deben de ser de los mejores antídotos que hay para evitar caer en la trampa de dichas generalizaciones. Y si las generalizaciones me resultan desagradables, esta búsqueda de alternativas, de querer ver más allá de lo evidente, de mirar el mundo con imaginación e ilusión, me resultan, en cambio, características maravillosas. Y aunque a veces podamos llevarnos algunos chascos, creo que es importante no renunciar nunca a ninguna de ellas.

Me gusta la gente llena de curiosidad, que se interesa por muchas cosas, que es flexible, que es imaginativa, que tiene ilusión y cree que hay un poco de magia que nos rodea, que observa el mundo con cariño y con una amplia sonrisa. Me encanta que Isa quiera ver el sombrero y se cuestione por qué no lo ve :). Me ilusiona que Isabel al leer mi relato Saltos en el tiempo diga en su comentario: 'yo espero que continúe... jejeje... "un diminuto ser..." vaya, qué intriga..., ¿un duende? ¿una mariposa? cachisss, venga, continúa... :)', porque en él se percibe la magia, la ilusión, la imaginación que se ha estimulado con la lectura y juguetea con el futuro de un misterioso desenlace. ¡Por eso solo ya vale la pena haberlo escrito! :). Espero que no se decepcione al saber que no es mi intención por ahora continuar ese relato, pero he descubierto que también me atrae la intriga, el suspense, los caminos que llevan a muchos sitios y no se estrechan en un desenlace único... :). Al hombre que narra la historia de El Principito, le encanta la sonrisa de éste, y piensa que la perderá cuando El Principito regrese a su hogar. Pero El Principito le hace un genial regalo: le dice que desde su planeta (desde su estrella) brindará sonrisas al hombre, y al no saber éste cuál es la estrella de El Principito, todas serán especiales, porque al mirar cualquiera de ellas podrá imaginar que el Principito le sonríe desde allí. Yo espero, que al igual que el hombre de El Principito, algunos de los que disfrutasteis con mi relato podáis mirar de vez en cuando el mundo y sonreír pensando que en cualquier lugar puede ocultarse uno de esos diminutos seres luminosos...

lunes, diciembre 08, 2003

Saltos en el tiempo

Pedro estaba sentado en la cuarta fila de la columna central de asientos del aula A. Siempre le habían gustado más las filas pares, pues la inclinación de la clase y su diseño escalonado hacía que los asientos de dichas filas tuvieran un respaldo más alto que las impares, con el que se sentía mucho más cómodo.

A su derecha había 3 asientos libres hasta el pasillo que separaba la columna central de asientos de la columna derecha y, a su izquierda, se hallaba directamente el otro pasillo entre columnas. Por tanto, y aunque había otros alumnos en las filas anteriores y posteriores, se encontraba bastante solo y sin nadie con quien hablar mientras el profesor llenaba la pizarra con las fórmulas de resolución del problema que había dejado planteado el día anterior.

Se aburría. El ejercicio le había resultado fácil de hacer, y la escritura detallada en la pizarra, junto con las aún más detalladas explicaciones para aquellos que aún no lo habían entendido, no le aportaban nada. Miraba la pizarra, luego el cuaderno, de nuevo la pizarra,... Bostezó ligeramente, el profesor escribía "x^2+y=f(z...". Y, de pronto, ya no había nada, el profesor debía haber terminado el ejercicio y había borrado la pizarra y comenzaba a explicar una nueva lección teórica. A Pedro siempre le sorprendía que le pasaran estas cosas, pues era como si, de pronto, se ausentara de la realidad y volviera a incorporarse a ella en un punto situado varios minutos en el futuro, sin tener claro qué había pasado durante ese intervalo, razón por la cual hacía unos años les había puesto el nombre de "saltos en el tiempo". Algunas veces hablaba de ello con sus compañeros y amigos, y todos lo veían como algo normal. Unos le decían que no es posible mantenerse atento siempre, y que hay momentos en que la mente desconecta de todo y descansa un rato, que es normal y no quiere decir nada. Otros añadían que muchas veces lo que ocurre es que un tema muy absorbente inunda nuestro pensamiento y nos entregamos tanto a él que ignoramos la mayoría de lo que llega a nuestros sentidos. El comienzo de esos saltos vendría pues marcado por una de estas razones, y su final se produciría cuando la mente ha descansado, ha terminado de procesar el tema que la acaparó o sucede algo que nos requiere de vuelta de ese estado, como cuando alguien pronuncia nuestro nombre y reclama nuestra atención. Pero Pedro, aunque no podía negarles que fuera así, y veía claro que eran las opciones más plausibles, no terminaba de creer que tras sus saltos en el tiempo no hubiera más que eso. ¿Por qué no podía nunca precisar qué había hecho durante ese tiempo?. ¿Por qué la duración siempre parecía exceder el tiempo necesario para los escasos recuerdos que tenía de ella?. ¿Realmente la mente, si descansaba, ignoraba tanto lo que recibía de los sentidos en esos momentos como para no tener ni idea de cuándo se había ido la persona que se sentaba delante o cuándo había llegado una persona que aparecía de pie a nuestro lado al "despertar"?. Muchos compartían estas mismas sensaciones, pero nadie había sabido contestarle de forma convincente a estas y otras preguntas y tampoco se preocupaban demasiado por ellas, pues lo veían como algo natural a lo que no es necesario darle más vueltas.

La clase terminó poco después y era la última que Pedro tenía ese día, así que se dirigió a la estación a esperar el siguiente autobús que lo llevara de regreso a casa. Por suerte no tuvo que esperar más que unos minutos, aunque el trayecto, como siempre, sería largo, casi una hora de viaje antes de llegar a casa. Se entretuvo pensando que al llegar le esperaba el nuevo libro que había decidido leer y recordó el resumen de la cubierta posterior que tanto le había atraído al descubrirlo en la biblioteca. ¡Qué lástima haberlo olvidado en la mesilla de noche y no poder aprovechar el tiempo del trayecto para darle los primeros bocados a sus páginas!.

¿Qué es...? -pensó Pedro sobresaltado, aunque sin poder concluir la pregunta-. Había vuelto a ocurrir, un nuevo salto en el tiempo que duró hasta pasadas las 2 siguientes paradas de la línea de autobuses. Pero, ¡un momento! -pensó Pedro al retomar la conciencia y recordar lo sucedido minutos antes-, ¿qué demonios ha sido eso?, ¿qué fue esa luz amarilla que venía hacía mí?, ¿cómo es posible que haya perdido la noción del tiempo después de ver algo así?. Y recordó la fugaz y borrosa imagen de un diminuto ser en el centro de esa luz...
(¿Continuará?...)