sábado, mayo 22, 2004

Guionista del mundo


Si yo fuera un guionista del mundo
nos situaría juntos una tarde
en un lugar mágico y oculto
para poder mi amor confesarte.

Haría muy lento cada minuto,
con dulzura me haría abrazarte,
para decirte luego en susurros:
"Te amo y quiero tanto besarte".

Al decirlo mi puesto cedería,
dejándote la pluma y mi guión,
soñando que tu alma eligiría:

Un futuro juntos para los dos,
suscrito por tu alma y la mía,
sellado con un beso de amor.

infopoeta 20-05-2004

Iba a poner sólo el poema... pero mejor aclaro un poco...: No es que me haya enamorado, no, ni siquiera tengo ninguna musa ahora mismo :/, pero bueno... el romanticismo no siempre necesita tener una inspiración muy concreta... :). Y la otra razón de que escribiera un poema, fue por el comentario de Isa C al poema "Mil veces", haciendo una crítica literaria y técnica. Eso me motivó a hacer un poema más digno de su análisis, con lo que en éste sí que he intentado cuidar la métrica, así que si quieres puedes hacer una valoración más seria, a mí me gustaría :), aunque la crítica sea mala...

Y bueno, que tampoco os vayais a pensar que soy un cursi :P, sólo es que me gustan estas cosas románticas que a algunos os parecen tan poco realistas jeje, pero tengo también otras facetas ;).

PS: Lo del copyright creo que voy a dejar de ponerlo explícitamente y borrarlo de los anteriores. Se supone que no hace falta y seguro que nadie querrá intentar plagiarme nada, ¿no? O:-)

sábado, mayo 15, 2004

Telarañas de tensiones

Telarañas de tensiones rodeándolo todo, hilos de rencor que tejen trampas en el aire, odios liberados que inspiras sin darte cuenta y pinchan un poco tu ánimo. Sientes un nuevo disparo de palabras, lo atrapas, lo engulles, es triste haber aprendido a hacerlo. Hay fábricas de colchones dentro de ti, y no amortiguan sólo lo malo; es uno de los precios que pagas. Aún así el resorte cede en tu interior, se aprieta lentamente más y más: agobios condensados, respuestas contenidas. A veces rebota, se estira de nuevo con un estallido, te enfrenta al empuje con su propio empuje, mas la pólvora que lo provoca también nace de las tensiones, también añade hilos de rencor a las telarañas y deja fragmentos de odio liberados en el aire. Y luego, aunque algunos hilos se caen, otros quedan, y los spidermans entrenados construyen cada vez más deprisa cuando la bilis sube en un ambiente donde el cariño se encierra y no sale y no puede contenerla.

Pero casi siempre aguantas, el resorte se encoge pero no dejas surgir el estallido que nada consigue, te callas, ignoras las mentiras y las palabras injustas o inapropiadas, escapas a tu propio espacio y enciendes la música o buscas un ritmo distinto en tu interior. Las notas difuminan el odio en el aire, cambiando su frecuencia hasta que dejan de existir por esta vez. Tiemblan los hilos de las telarañas y caen poco a poco, y el resorte, liberado de la tensión, se anima a estirarse de nuevo lentamente y hay una paz que te envuelve, aliviando la picadura de las abejas, y te ayuda a continuar y a acudir a otros ambientes sin trasladar tensiones, sin estallido de resortes, y es bueno si lo consigues y encuentras mundos mejores en los que puedas aprender a ir quitando barreras, a ir quemando colchones.

domingo, abril 25, 2004

Amor de imperfecciones

Cuando era un adolescente se sentía atraído casi únicamente por las chicas más guapas, las que todos miraban, las diosas locales de belleza de cada pequeña subdivisión del mundo por la que pasaba. Pero con el paso de los años fue descubriendo que la belleza demasiado halagada no solía ir acompañada por la misma belleza interior, y fue aprendiendo a identificar otros rasgos que presagiaban mejor la belleza del alma. La belleza solamente física y totalmente fría dejó no sólo de interesarle en la búsqueda de una persona con la que compartir su vida, sino que ni siquiera le parecía ya atractiva al estar irreparablemente asociada en su experiencia al concepto de un alma hueca. Y empezó a buscar el atractivo y la afinidad con las personas ignorando las fachadas, las etiquetas ya impuestas, el rechazo o aceptación social que tuvieran, pues cada persona era para él un mundo por descubrir, y ese descubrimiento no podía ir marcado por un destino señalado de antemano. ¡Y halló tantas almas bellas entre los menos aceptados!.

No obstante, la primera vez que vio a Mar, en una foto que le enviaron de una reunión de amigos, su impresión fue francamente mala. Había salido horrible en esa foto, con los ojos convertidos en puntos rojos por el flash, la sonrisa de apariencia forzada y ligeramente torcida y un gesto que no supo identificar si era de incomodidad por estar siendo retratada o por disgustarle la compañía. El traje que llevaba, demasiado ancho, destruía todo atractivo de su cuerpo y sólo dejaba visibles, desde un poco por encima de los tobillos, unas piernas que se veían extremadamente delgadas.

En los dos años siguientes sólo se vieron pequeños momentos en las reuniones más concurridas de algún conocido común, y apenas intercambiaron el saludo al ser presentados. Fueron momentos en los que ella no se fijó apenas en él, y él no veía en ella más que la chica de aquella foto que tan poco le había gustado. Pero las casualidades de la vida los hicieron superar a ambos las pruebas selectivas de una conocida entidad bancaria local, y en el curso formativo previo a la incorporación a la empresa, y quizás sólo por la pequeña familiaridad adquirida en los fugaces encuentros anteriores, y por no conocer ninguno al resto de los seleccionados, empezaron a hablar y a conocerse. La increíble simpatía de ella y la gran sensibilidad de él, junto con muchos gustos e intereses comunes, los hicieron congeniar desde el primer día, y no paraban de hablar cada día antes, después, y durante el descanso del curso preparatorio del banco.

Él quedó impresionado enseguida por los enormes ojos de ella, y por la sensibilidad y la ternura que le descubría a medida que se iban conociendo más en sus frecuentes conversaciones, las cuales se extendieron también a algunas tardes en una cafetería o en el cine. Cada vez se iba sintiendo más atraído por ella, pero cuando no estaban juntos e intentaba recordarla, no conseguía ver su rostro tal como era, sino que le asaltaba la imagen de aquella horrible foto con la que la había identificado durante más de dos años, aunque para él ya no era más que un mal recuerdo, y le fastidiaba mucho ver los ojos rojos de la foto en lugar de los preciosos y dulces ojos negros que le descubría de nuevo cada vez que se encontraban. Pero el tiempo y verla a diario venció la persistencia de ese recuerdo dominante y obstinado, y una vez borrado, todo el día se llenó de ella, en sus veladas compartidas y en miles de maravillosos recuerdos y visiones de futuro.

Un día, antes de despedirse, y en el intercambio de una de tantas miradas cargadas del amor que ninguno de los dos se había atrevido a manifestar, él se fue acercando a ella lentamente, sintiendo como su pulso se aceleraba, y la besó con la intensidad que sólo tienen los besos más deseados. Prolongó el beso apenas unos segundos, y luego, sin separarse casi, la miró a los ojos y le dijo: "Te quiero". Ella respondió sin dudarlo: "Yo también te quiero", mientras escapaban sus lágrimas emocionadas. Y se abrazaron hasta sentirse tan juntos que nada pudiera separarlos, y ni tan siquiera el aire se atrevió a interponerse entre ellos en ese momento, y se besaron decenas de interminables veces.

Esa misma noche hicieron el amor, pues aunque el momento del primer beso se había retrasado tanto, el amor hacía meses que era el dueño de sus vidas, y no había nada que no supieran el uno del otro tras romper el secreto de la mutua confesión de amor. Dos días después comenzaron a vivir juntos, y se amaron tanto que el amó sus hermosos ojos, su sonrisa, su tremenda dulzura y ella amó su romanticismo, su ternura, sus abrazos. Y él amó sus chistes y la forma en que hacía su trabajo y sus gustos por la lectura. Y ella amó sus pequeños escritos, su creatividad y su inspiración. Y él enloquecía con sus labios, sus pechos pequeños pero proporcionados, sus nalgas firmes y generosas. Y ella vibraba con sus manos fuertes que la trataban con tanta dulzura, y con sus piernas musculosas y sus abdominales marcados. Y llegaron más allá y se amaron las pequeñas discrepancias, los gustos no afines, las bocas ligeramente torcidas, la cabeza cada vez más calva de él, las piernas demasiado flacas de ella, las venas que se marcaban demasiado en algún punto de la piel, porque cada pequeña diferencia e imperfección formaba parte de su identidad, y cuando el amor es puro termina aprendiendo a querer tanto a los defectos como a las virtudes.

sábado, abril 17, 2004

Pequeña historia de un amor sin palabras

Él estaba sentado como siempre en la mesa situada más cerca de la barra, con la habitual taza de chocolate humeante entre las manos, sintiendo como el vapor penetraba lentamente en sus pulmones y volvía a salir luego arrastrando porciones de estrés entre sus ganchos de humo. Acercó lentamente los labios a la taza y, cerrando un instante los ojos, tomó un pequeño sorbo, saboreándolo casi con mimo, y al abrir los ojos de nuevo y dirigir su mirada a los ventanales, como tantas veces hacía, ella, sentada justo en el centro de su visión, de espaldas a él, se giró un momento hacia la barra agitando un sobre vacío de azúcar en dirección al camarero para indicarle que quería otro más. Y fue así, al percibir el movimiento, cuando los ojos de él se dirigieron hacia ella asombrados por la luminosidad de su rostro y su mirada, y por su cabello negro, largo y rizado que se movía suavemente acariciándole el rostro.

Era la primera vez que ella iba a la cafetería tan temprano, pero ese día, la hora que cogía para su descanso laboral había sido reservada para una interesante presentación a la que quería acudir y adelantó el momento de tomar su habitual taza de café. Siempre iba a aquel lugar, aunque no era el más cercano, porque su incapacidad para hablar no siempre era tratada con educación en otros lugares, y el camarero de ésta, no sólo conocía el lenguaje de los signos, sino que con el tiempo habían llegado a ser buenos amigos. Solía sentarse en la barra y hablar con él mientras se tomaba una taza de café con abundante azúcar, pero ese día el camarero estaba enfrascado en una conversación telefónica sobre unos pedidos así que decidió coger el café y tomarlo en la mesa junto a la ventana. Vació el sobre de azúcar en la taza, y dándose cuenta de que se le había olvidado coger otro, se giró hacia la barra y agitó el sobre vacío en dirección a su amigo que asintió indicando que enseguida le llevaba otro, pues sabía muy bien que a ella le gustaba el café con abundante azúcar.

Entonces sintió el peso de la mirada que provenía del hombre sentado en la mesa junto a la barra y cruzó su mirada con la de él, y se quedó asombrada por su fuerza serena y la magnitud del asombro y admiración con que él la observaba, hechizado como ella también se iba quedando al observar a aquel hombre de ojos azules y penetrantes mirarla entre el humo del chocolate que sostenía en sus fuertes y grandes manos. Se ruborizó un poco y volvió a girarse hasta quedar nuevamente sentada correctamente en su silla, de espaldas a él. Él, sin pensar en lo que hacía, se levantó y empezó a caminar hacia ella, que oía sus pasos magnificados por su atención concentrada infinitamente en cada detalle del momento. Se sentó justo frente a ella, que levantó su mirada del mantel para mirarlo, libre ahora del rubor que había sido sustituido por una inmensa sensación de confianza y seguridad. Y se miraron, y sonrieron, y la mano de él rodeo la de ella, y ella tomó su otra mano, juntando las 4 en una única mano que mezclaba la fuerza contenida de él con la frágil delicadeza de ella. Y tras conocerse en lo más hondo sólo con gestos y miradas, sin hablar, pues ella hablar no podía, y él no pensó en ello ni tampoco lo quiso, se sumergieron en el agobio dulce de la predestinación y salieron cogidos de la mano, sin pagar una cuenta que el amigo camarero no pensó en reclamar. Caminaron un rato por la avenida llena de vegetación, con las manos en la cintura uno del otro, y la cabeza de ella recostada sobre el hombro de él, y justo debajo del árbol más grande, se giraron el uno hacia al otro, y él puso su mano en el rostro de ella y la distancia que desaparecía acabó convertida en el primer e intenso beso de tantos que se darían.

Sentados en el banco en la entrada de la casa, y abrazados con el infinito cariño que siempre se habían tenido, ambos sonrieron al mirarse simultáneamente, y supieron, sin palabras, como tantas otras veces, que el tiempo volvía a sorprenderlos en el recuerdo compartido del día en que veinte años antes se conocieron en aquella cafetería...

sábado, abril 10, 2004

Un recuerdo del pasado

Cuando las nuevas historias no surgen, o no desean ser contadas, es quizás un buen momento para echar un poco la vista atrás y recuperar algún momento del pasado. Retroced conmigo: marzo de 2004, ..., enero de 2004, ..., 2003, ..., 2002, segunda mitad del 2001.

En el verano de 2001 tuve por primera vez conexión a internet en casa. Siendo estudiante de informática y habiendo acabado ya por aquel entonces los tres primeros años de carrera y obtenido el título correspondiente a la ingeniería técnica, se puede decir que era de los pocos en mi situación que aún no tenía conexión por esas fechas.

Casi inmediatamente, o muy poco después de tener la conexión, comencé a entrar al chat, impulsado por el anuncio de un canal del IRC-Hispano asociado a una web que visitaba por aquellos días. Allí fui conociendo a algunas personas, y entre ellas había gente a la que le gustaba la poesía y que escribían incluso sus propios poemas. No se puede decir que antes de aquel momento mi interés por la poesía fuera mucho. Ni siquiera había leído prácticamente nada y mucho menos había pensado en escribir. Pero con la compañía de esas personas, empecé a entrar a algún canal de poesía e incluso en otros canales tocamos un poco el tema, y me fue atrayendo cada vez más, aunque quizás no tanto por la poesía como por la sensibilidad que descubrí en algunos de los que escribían y/o chateaban por allí. Contagiado por ese ambiente hice mis primeros intentos de escribir algún pequeño poema, aunque no creía que fuera a ser más que un simple experimento.

Sin embargo, una de las personas que conocí, y con las que trabé una amistad que aún hoy conservo, conversaba muchas veces conmigo por aquel entonces en verso, improvisando a medida que escribía, y me animaba a seguir su juego y a arrancarme yo también a improvisar. Al principio cuando ella hablaba en verso, yo hablaba normal, luego le decía que no me salía a mí escribir así, pero ella seguía con líneas y líneas de improvisación, hasta que llegado un momento, y tímidamente al principio, yo también comencé a sumarme al juego de la improvisación y diría que fue ahí, en esos primeros poemas y esas primeras improvisaciones cuando comenzó a nacer libremente mi faceta de escritor.

Al principio sólo escribía poesía, y tendría ya más de 50 poemas antes del momento en que abrí el blog, motivado por la lectura de los blogs de algunos conocidos y por los ánimos de una amiga a que escribiera también algo en prosa, para lo cual el blog me pareció una buena forma, y fue con él como empecé a escribir algo que no fuera poesía ni la prosa propia de los trabajos de estudiante.

Y tras esta pequeña historia de mis comienzos en el campo de la escritura, y aunque ya son muy pocos los poemas que escribí que aún me gustan algo, os dejo uno de ellos, concretamente el que tengo anotado como poema número 11 y que es el que sigue:

Mil veces

Yo te daría mil gracias,
mil abrazos y mil besos.
Mil veces te escribiría
y otras mil te abrazaría
si te sirve de sustento.

Mil veces en el silencio
te haría sentir mi afecto,
y otras mil serían versos,
muy sinceros, imperfectos.

Mil veces calmar tu llanto,
y esfumar con él tus penas,
para oír siempre tu canto,
dulce y bello, de sirena.

Mil flores bajo tus pasos
siempre vivos y danzantes,
los pasos siempre descalzos
de un corazón desbordante.

Tú siempre me has conmovido,
ahora yo intento alegrarte,
mas tras lo que hemos vivido,
con mil veces no es bastante.

Ni mil veces cada instante.

infopoeta 18-02-2002

miércoles, marzo 31, 2004

Las vecinas de arriba

Hace algunos meses que trabajo en una sala de ordenadores de la Universidad destinada al cluster beowulf del grupo de paralelismo. En la sala hay unos dieciséis ordenadores funcionando más otros pocos ya jubilados repartidos en varias mesas y estanterías. El edificio en el que está la sala es muy viejo, lleno de grietas, con la mayoría de las ventanas clavadas para que no se puedan abrir, muchas plantas abandonadas, y que yo creo que se sostiene en pie por poco más que la costumbre y la ayuda de las enredaderas que lo recubren por todas partes. Es curiosa además la forma en que se sostiene en pie, que si subes un día de fuerte viento a la séptima (y última) planta puedes sentir como se balancea de un lado a otro como un gigantesco tentetieso. De hecho, a veces incluso me pregunto si el núcleo metálico que dicen que es el centro de la tierra no será más que la semiesfera de hierro de la parte baja de nuestro tentetieso particular, idea que además me da más confianza que pensar que sólo está enterrado unos pocos metros, porque sino el día que sople fuerte el alisio no quiero pensar que pasará.

En este marco tan "entrañable" la verdad es que el hecho de que de vez en cuando se oyeran unos ruidos en el falso techo de la sala yo lo veía casi normal y ni siquiera le prestaba atención. Pero claro, una compañera que también va a menudo a trabajar a esa sala, no tuvo un día mejor cosa que decirme que esos ruidos eran ratas moviéndose por el falso techo y que por el ruido que hacían tenían un tamaño como para que en el juego del gato y el ratón fuera el gato el que corriera... :-S. ¡Cómo si no hubiera otras cosas de qué hablar! ¿POR QUÉ TENÍA QUE DECIR ESOOO?. Menos mal que me lo tomé con humor e hice incluso un par de bromas sobre que iban a bajar a por nosotros rompiendo las rejillas de ventilación. Y es que pensé que también podían ser palomas en vez de ratas, y aunque fueran ratas, la intensidad del ruido igual era normal y no quería decir que fueran tan grandes como la imaginación temía...

Sin embargo, hoy, apenas 10 o 20 minutos después de que mi compañera se hubiera ido, oigo primero algún ruidito de movimiento de nuestras vecinas en el falso techo, y luego plum! -un golpe-. ¡Me cago en su madre!, qué demonios ha sido eso?. ¡Plum!, ¡plum!, de nuevo, con el mismo sonido que haría un ladrillo siendo volteado repetidas veces por la parte superior del falso techo dejando que cayera libremente en cada giro. Ni que decir tiene que dejé lo que estaba haciendo y me puse de pie a mirar al techo a ver por dónde iban a hacer el agujero para saltar abajo a devorarme, mirando a uno y otro lado buscando algo para defenderme, aferrando el respaldo de la silla como el arma arrojadiza más a mano si el ataque era muy rápido. ¿Servirán aquellos destornilladores? No, no, ¡que ese bicho me come el brazo completo con destornillador incluído! ¿Harán los latiguillos de red honor a la primera parte de su nombre? Qué va, lo más que le van a hacer es cosquillas, y como no le guste reírse va a ser peor... Y entonces, en una muestra de valor sin precedentes, dejé la silla que tomé como defensa inicial a un lado, y me dispuse a enfrentar el ataque del animal en un arriesgado cuerpo a cuerpo. Bueno, vale..., me fui como un cobarde un rato a la sala de al lado, ¡pero es que vosotros no oísteis esos golpes!!!!

Y pensar que si mi compañera no hubiera nombrado nunca el tema de las ratas quizás simplemente habría ignorado como siempre los pequeños ruidos de sus desplazamientos y pensado que los golpes mayores sólo sería algún soporte del falso techo que se desprendió, sin darle mayor importancia. Pero lo oigo todo, porque sé que son ratas, que son grandes y que arrancan ladrillos de la pared para jugar al fútbol... :-S. Aunque no voy a ser yo el único asustado, le pienso dar a leer mi historia de lo que pasó hoy, y si nos morimos de miedo, ¡nos morimos los dos! ¡Y sino que no hubiera nombrado nunca las ratas! xD

domingo, marzo 21, 2004

Melancolía

Sentado frente a su mesa, le agobiaba la indiferencia del ordenador en que realizaba su trabajo, y la perspectiva de permanecer varias horas más dedicado a la misma rutina laboral de siempre era algo que a su mente, con el peso de cada nuevo segundo, le resultaba difícil soportar. Apenas logró controlar la situación otro par de minutos, y luego, con la ansiedad ya desbordada, apartó sus manos del teclado, y sin querer levantarse, se ayudó de un ligero impulso contra la mesa para hacer rodar su silla hasta la ventana situada en la parte derecha de su despacho.

Apoyó sus brazos sobre la mesa que acaparaba la mayor parte de la pared bajo la ventana y giró la pequeña rueda que ponía en marcha el hilo músical. Cerró los ojos, apoyando su cabeza sobre una mano y se refugió en la voz de Amaia Montero, que cantaba "Puede ser" junto a "El canto del loco". Al acabar la canción, volvió a apagar el aparato, sin ganas de saber cuál sería la siguiente canción que le tenía preparada, pero pensó que al menos ese aparato, al contrario que el impasible ordenador, sí entendía sus sentimientos, y quizás había elegido esa canción para demostrarle su empatía. Sonrió un poco al notar este pensamiento, pues le decía que la parte positiva de su mente no estaba del todo ausente pese a hallarse atrapado por esa pegajosa tristeza que poco a poco iba extendiéndose desde su cuerpo y llenando toda la habitación.

Abrió los ojos y miró por la ventana. El día estaba despejado, y apenas algunas nubes competían en el cielo en una lenta carrera hacia al norte, un pájaro saltaba de un lado a otro en las enredaderas que cubrían la pared exterior del edificio vecino y abajo, en la calle, inaudibles a través de la ventana cerrada, pasaban algunas personas y coches. Volvió entonces su mirada de vuelta a las nubes, como atraído por la porción de su entorno que más se ajustaba al pausado ritmo interno de la tristeza. Centraba su atención en algún fragmento de nube de forma un poco especial y lo observaba en su recorrido, atravesando primero el cristal derecho de la ventana para luego desaparecer un momento tras la barra de aluminio que separaba ambos cristales y finalmente deslizarse por todo el cristal izquierdo hasta desaparecer más allá de su campo de visión. Entonces regresaba su vista al cristal derecho, seleccionaba un nuevo fragmento de nube, y repetía el mismo proceso de seguimiento, una y otra vez.

Se distrajo un momento por el sonido de alguien acercándose a la puerta de su despacho que finalmente pasó de largo, y dirigió entonces su mirada más allá de las nubes, a las montañas que se elevaban un poco más allá, salpicadas por apenas un par de casas dispersas. Y así, con su mirada fija en el gigante estático, evocó imágenes borrosas y pensamientos no expresados con palabras sobre su colección de ideas pendientes y sobre aquella que no escuchaba su voz.